Pagar por ver a tu hijo jugar: el baloncesto ha perdido el norte
La política de retransmisiones y los costes que se trasladan a clubes y familias abren un debate necesario sobre el modelo de promoción del baloncesto: ¿se está trabajando para acercar este deporte a la gente o para ponerle precio a todo?
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Lo de la Federación Española de Baloncesto (FEB) empieza a resultar difícil de entender. Da la sensación de que, para hacer crecer este deporte, la receta pasa por cobrar cada vez que alguien quiere acercarse a él: pagar por ver partidos, asumir costes de retransmisión y trasladar nuevas obligaciones a unos clubes que ya hacen auténticos esfuerzos para mantener viva su actividad.
Y lo más preocupante es que esta situación no afecta únicamente al aficionado. Los propios clubes tienen que encargarse de producir y retransmitir sus encuentros, asumir los gastos que ello supone y, además, exponerse a sanciones económicas si no cumplen con las exigencias establecidas. Una carga más para entidades que, en muchas ocasiones, trabajan con presupuestos muy ajustados y dependen del esfuerzo de directivos, patrocinadores y colaboradores.
La FEB exige, los clubes pagan y el aficionado vuelve a pasar por caja. ¿En qué momento se ha decidido que esta es la mejor manera de promocionar el baloncesto?
El baloncesto modesto, cada vez menos accesible
El problema tampoco termina ahí. Las condiciones económicas para seguir las retransmisiones de categorías como Segunda y Tercera FEB han generado un malestar evidente entre quienes quieren disfrutar del baloncesto más cercano. Resulta difícil justificar que el seguimiento de un encuentro de estas competiciones pueda suponer un desembolso superior al de determinadas plataformas que ofrecen partidos de la NBA o la Euroliga.
¿Qué mensaje se está enviando al aficionado que quiere seguir a su equipo de toda la vida? Precisamente las categorías que más necesitan visibilidad, difusión y nuevos seguidores son las que no deberían encontrar más barreras para llegar al público.
Pero hay una situación que resulta todavía más difícil de aceptar: tener que pagar para ver a tu propio hijo disputar un campeonato andaluz de formación.
Estamos hablando de niños, de deporte base y de familias que hacen un esfuerzo enorme para que sus hijos puedan practicar baloncesto. Padres y madres que pagan licencias, equipaciones, cuotas de clubes y desplazamientos, que recorren kilómetros cada fin de semana y que dedican tiempo y recursos a una actividad que debería contar con todas las facilidades posibles. ¿Y ahora también tienen que pagar para seguir sus partidos a través de una pantalla?
La promoción debería estar por encima de la recaudación
El deporte de formación tendría que ser uno de los espacios donde más se cuidara la difusión. Es ahí donde nacen las aficiones, donde los niños se enamoran de un deporte y donde las familias empiezan a crear un vínculo con los clubes y las competiciones. Poner barreras económicas en ese camino parece ir justo en la dirección contraria.
El baloncesto necesita llegar a más hogares, despertar curiosidad y facilitar que cualquier persona pueda descubrir lo que sucede en las pistas. No parece razonable que seguir a un equipo, disfrutar de una competición modesta o ver jugar a los más pequeños se convierta en un gasto añadido.
Y conviene recordar algo: los niños tienen hoy a su alcance multitud de alternativas de entretenimiento. Videojuegos, redes sociales y plataformas digitales compiten constantemente por su atención. Si queremos que el baloncesto siga siendo atractivo para las nuevas generaciones, habrá que facilitar su acceso, no complicarlo todavía más.
¿Por qué cuesta fidelizar aficionados? ¿Por qué algunas competiciones tienen dificultades para ganar visibilidad? Quizá convendría empezar por revisar las barreras que se están colocando delante de quienes quieren acercarse a este deporte.
Una federación debe estar al servicio del baloncesto
Una federación tiene que trabajar para impulsar, proteger y promocionar el deporte que representa. Sus decisiones deberían tener en cuenta a todos los protagonistas: clubes, jugadores, entrenadores, familias y aficionados. Porque el verdadero patrimonio del baloncesto no está únicamente en los ingresos que puedan generar sus retransmisiones, sino en las personas que llenan las pistas, forman a los niños y mantienen vivos los equipos cada temporada.
Una federación está para servir al deporte, no para servirse del deporte. Y eso implica escuchar a quienes sostienen el baloncesto desde la base, entender sus dificultades y evitar que nuevas obligaciones económicas terminen convirtiéndose en un problema añadido.
El baloncesto necesita menos barreras y más puertas abiertas. Menos exigencias económicas para los clubes, menos obstáculos para las familias y más facilidades para que cualquier aficionado pueda disfrutar de este deporte.
Menos plataformas de pago, menos cargas y menos afán recaudatorio. Mucha más promoción, mucha más difusión y, sobre todo, mucho más respeto por el baloncesto.



