¡Recreativismo en estado puro!
No es una final europea. Ni falta que hace. Para una afición que ha sufrido tanto, volver a tener un motivo para la alegría ya es una forma de tocar el cielo
Jesús Galván protagonizará el tradicional encuentro con la Peña Recreativista Navidad

Hay una fotografía que debería guardarse durante muchos años. No por lo que representa deportivamente, ni siquiera por lo que pueda venir después. Sino por lo que se ve en ella: Los jugadores celebrando y, a su lado, unos niños saltando de felicidad. Sin complejos, sin cuentas pendientes, sin miedo al mañana. Niños que, por unos segundos, parecen haber conseguido todo lo que se puede conseguir en la vida.
Ha ganado el Recre y son felices. Uno mira esa imagen y piensa en tantas cosas. En tantos años. En tanta gente que ya no está. En padres, tíos y abuelos que se dejaron la voz por estos colores y que quizá se marcharon de este mundo sin poder disfrutar del Recreativo como siempre soñaron. En quienes sufrieron en silencio, en quienes nunca dejaron de ir al campo y en quienes, a pesar de todo, jamás se plantearon dejar de ser del Decano.
Y entonces, cuesta no emocionarse
Porque esos niños todavía no lo saben, pero están celebrando mucho más que el pase a una final de la Copa Federación, están celebrando que, después de tantas decepciones, el recreativista todavía encuentra motivos para sonreír.
Y eso, para nosotros, no es poca cosa.
¿Cómo le explicas a alguien que no es del Recre lo que significa esta fotografía?
¿Cómo le cuentas que hay aficiones que celebran títulos y otras que, después de haber sufrido tanto, celebran la posibilidad de volver a soñar?
¿Cómo le haces entender que sí, que sabemos perfectamente que no estamos hablando de la Champions, que sabemos dónde estamos y de dónde venimos, pero que nos da igual? Que queremos ganar esta final con toda nuestra alma. Que queremos levantar esa copa, abrazarnos, sonreír.
Porque estamos cansados de sufrir pero no estamos cansados de querer al Recre
Y esa es la diferencia.
Hay quien no entenderá nunca por qué celebramos así. Hay sentimientos que no se pueden explicar desde fuera. Para comprenderlos hay que haber pasado muchas tardes mirando al suelo, muchas noches dándole vueltas a una derrota y muchos años esperando que llegue ese día en el que, por fin, las cosas empiecen a salir bien.
Hay que ser del Recreativo de Huelva y llevar dentro el 1889.
Hay que saber lo que significa querer a un club que forma parte de tu vida mucho antes de que tú puedas decidir nada.
Porque nadie nos preguntó si queríamos sufrir tanto. Simplemente, un día nos hicimos del Recre. Y ya no supimos ser otra cosa.
No queremos el ADN del tiki-taka Barça, ni necesitamos presumir de noches europeas madridistas. Nuestra historia es distinta. Nuestra manera de sentir es distinta. Nosotros llevamos demasiados años aprendiendo que el fútbol también consiste en resistir, en caer, en volver a levantarse y en seguir creyendo cuando hasta la esperanza parece cansada.
Y aquí seguimos.
A veces enfadados. Muchas veces preocupados. Demasiadas veces con el corazón en un puño.
Pero aquí seguimos.
Volvamos a esos niños.
Miradlos bien. No saben lo que es sufrir durante décadas. No conocen todas las veces que el recreativista ha tenido que tragarse las lágrimas, ni las noches en las que la preocupación ha sido más fuerte que la ilusión.
Ellos solo ven a sus jugadores celebrando. Ven el escudo que llevan en el corazón. Ven a su equipo y sienten que no necesitan nada más.
Y esto es lo más bonito de todo
Porque nosotros sí sabemos lo que hay detrás de esa alegría. Sabemos lo que ha costado llegar hasta aquí. Sabemos que una clasificación no arregla todos nuestros problemas, que una final no borra los años difíciles y que, después de celebrar, volveremos a mirar al futuro con la misma mezcla de ilusión y miedo de siempre.
Pero ellos no tienen por qué saberlo todavía.
¡¡Que salten, que griten, que disfruten!!
Que crezcan pensando que ser del Recre también puede ser esto: Una noche de felicidad, una celebración compartida, un abrazo que no necesita palabras.
Ya tendrán tiempo de entender por qué sus mayores se emocionan tanto cuando ven al Decano.
Quizá algún día uno de esos niños le explique a su propio hijo lo que significaba ser del Recre en aquellos años. Quizá le enseñe una fotografía antigua y le diga que él estuvo allí, que saltó con sus jugadores y que, por un momento, fue el niño más feliz del mundo.
Y quizá entonces comprenda que no estaba celebrando solamente una clasificación, estaban recibiendo una herencia.
La misma que nosotros recibimos de quienes nos enseñaron a querer al Recre.
Ser del Recre se aprende en casa, en la grada, viendo a tu padre celebrar un gol y escuchándolo maldecir cuando las cosas salen mal. Se aprende cuando descubres que, por mucho que te enfades, el domingo siguiente vuelves a estar pendiente de tu equipo.
No nos sobran los motivos para celebrar. Por eso no desperdiciamos ninguno.
A estas alturas, ¿Quién puede reprocharnos que vivamos esta final como si nos fuera la vida en ella?
Queremos ganarla. No vamos a disimularlo. Queremos competir, queremos levantar la copa y queremos regalarle a Huelva una alegría que nos hace falta porque hemos sufrido demasiado.
Y porque, a pesar de todo, no hemos dejado de estar.
Quizá ahí esté la grandeza de esta afición. No en ser mejores que nadie, ni en dar lecciones a nadie, sino en haber encontrado fuerzas para seguir queriendo a su equipo después de tantas decepciones.
No somos mejores por sufrir. Ojalá no hubiéramos tenido que sufrir tanto.
Pero ya que nos ha tocado vivirlo, al menos que no nos quiten la alegría cuando llega.
Que nadie nos diga que una final de la Copa Federación no merece una celebración. No necesitamos permiso para emocionarnos con nuestro Recre.
Una fotografía: Unos niños
Al final, vuelvo a mirar la imagen y me quedo con ellos, con los niños que saltan y con esa alegría tan limpia, tan sencilla, tan nuestra.
Y pienso que quizá no necesitamos explicar mucho más.
Que detrás de esos saltos están nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros tíos; esta el Recre de siempre, ese que nos hace sufrir más de la cuenta, pero al que seguimos esperando cada semana como quien espera a alguien de casa.
Eso es el Decano, eso es el 1889 y eso es el Recreativismo puro.


